Asesinó y se fugó al Brasil, se dedica al contrabando y cruza la frontera cuando quiere: la impunidad de Sergio Meller
Desde hace 16 años, Sergio Antonio Meller -hoy de 60 años- se burla de la justicia argentina. En octubre del 2008 fue condenado a 12 años de prisión por el homicidio de Francisco “Cacho” Balatorre, pero en agosto del 2010 se fugó de los custodios de la cárcel de Oberá que lo trasladaron hasta su casa en Villa Bonita para visitar a su esposa.
Entonces se informó que se trató de una visita especial porque su mujer estaba enferma, aunque tampoco se descarta que haya sido una estrategia para favorecer la huida.
Luego se estableció que contó con un vehículo de apoyo que lo trasladó hasta la costa del río Uruguay y cruzó al Brasil con un bote a remos.

El prófugo se instaló la ciudad de Giruá, Río Grande do Sul, situada a unos 80 kilómetros de la frontera, donde se dedica al comercio y tiene un buen pasar económico. Algunos lo relacionan con el contrabando.

También dispone de redes sociales. Incluso, en Facebook sube videos desde una lancha cruzando el río Uruguay, como jactándose de que pasa cuando quiere, transportando frutas y otras mercaderías.
Es más, fuentes de la zona mencionaron que tiene familiares en Campo Ramón y Oberá, a los cuales visita cada tanto. Total, nadie lo busca, a pesar de que mató y se fugó.
Problemas de “polleras”
Francisco Balatorre fue ultimado de varios tiros en la cabeza frente a su hijo de 12 años. El hecho se registró alrededor de las 17 del 24 de diciembre de 2007, cuando la víctima, oriundo de Campo Viera, se dirigía desde Villa Bonita hacia Campo Ramón.
Conducía por la ruta Provincial 103 y a la altura de un camino vecinal fue alcanzado por otro coche que conducía Meller, que lo chocó y efectuó un disparo que provocó la rotura del vidrio del lado del chofer.
Así, Balatorre detuvo la marcha de su vehículo y descendió. El agresor se acercó y le efectuó varios disparos que impactaron en la cabeza, en el cuello y en las extremidades, lo que le ocasionó la muerte casi en el acto. Todo frente al hijo de la víctima.
El asesino estuvo prófugo durante cuatro días, hasta que la Policía logró detenerlo en inmediaciones a la vivienda de su empleada doméstica, quien residía con su padre en el Paraje Elefante, distante a unos dos kilómetros de la zona urbana de Villa Bonita.
Según se estableció en el juicio oral y público que se realizó en el Tribunal Penal Uno de Oberá, el imputado asesinó a balazos a Balatorre por una deuda de dinero y problemas de “polleras”, como dejaron entrever algunos testigos.

Condena y fuga
El 16 de octubre de 2008, tras dos jornadas de debate, Meller fue condenado a 12 años de prisión por el homicidio de Balatorre. Un perito policial analizó las huellas halladas en los coches y determinó que fue Meller quien buscó, chocó y disparó a la víctima, sin que mediara amenaza alguna para su vida, por lo que se descartó que actuó en defensa propia.
Además, fue clave el testimonio del hijo de la víctima, quien describió toda la secuencia.
También un vecino de la zona testificó que llegó a la escena pocos segundos después del crimen, donde el niño le relató cómo había ocurrido todo y apuntó a Meller, que escapada corriendo con su escopeta en mano.
Pero el 19 de agosto del 2010 Meller se las ingenió para escapar de los guardias de la cárcel de Oberá que lo trasladaron a Villa Bonita para ver su mujer.
En su descargo, los dos penitenciarios a cargo del traslado reconocieron que Meller les dio 200 pesos, 100 para cargar combustible en el móvil y 100 para comprar algo de comer mientras que él se quedaba en su casa, justo frente al puesto de salud de Villa Bonita.
Según el expediente judicial, los funcionarios que facilitaron su escape habrían recibido plata y un freezer.
El caso derivó en un sumario interno y en una causa judicial con varios imputados, aunque la causa prescribió sin sentencia.
En cuanto al evadido, en los días posteriores la búsqueda se centró en la costa del río Uruguay, pero Meller nunca fue recapturado y rehízo su vida en Brasil, incluso sin ocultar su paradero.
.
.
